Researching…

Mi Budapest

Budapest, Puente de las cadenas

Dice una canción de Sabina que al lugar donde uno ha sido feliz no debiera tratar de volver. Es la que se me viene a la mente cuando alguien me pregunta si he vuelto a Budapest. “No”, les digo con cierta nostalgia, “no me ha dado por volver…”. Y es así realmente. Para qué. Sé – por lo que me han contado amigos que sí han vuelto algún verano o por fotos y noticias de internet- que está rehecha, que brilla más que nunca, que es una ciudad nueva: aquélla que comenzaba a despuntar hace más de una década, cuando ya veíamos que la inyección capitalista empezaba a notarse en las reformas de los edificios, la restauración de las fachadas y también, cómo no, en la construcción de gigantes y lujosos centros comerciales por toda la ciudad o en los nuevos hábitos de los ciudadanos. Me la imagino inmensa y maravillosa, brillante y orgullosa. Grandiosa, como sólo una ciudad construida a imagen y semejanza de otra  imperial puede serlo;  cálida y acogedora, como nunca consiguió ser aquella Viena que le sirvió de espejo, aquélla que jamás pudo hacer feliz a una princesa que regresaba una y otra vez a la ciudad copiada, a la hermana pequeña, a su amada Budapest.

Y así, de esa manera, siento yo a mi amada Budapest, “Mi Budapest”. La mágica ciudad en la que se respiraban nostalgia y pasado, en la que casi podíamos  “ver en color sepia”. Aquélla cuyas calles recorríamos en las tardes oscuras de invierno, llenas de nieve, tapados hasta los ojos porque el frío nos calaba pero felices hasta la médula porque estábamos allí. Y también en los brillantes días de primavera, cuando las flores nos sorprendían en cualquier esquina, después de que el manto de nieve hubiese desaparecido y los húngaros saliesen finalmente del calor del hogar para respirar la nueva estación. Budapest: la que nos acogió como en casa y en la que vivimos historias para recordar una vida. Cómo olvidar los paseos nocturnos por mi querida calle Ostrom, en la subida de la entonces Moszkva Ter; cómo no acordarme de nuestras visitas a la iglesia, el Bastión de los Pescadores, el  Castillo o el Puente de las Cadenas, rodeados de luces doradas, con una familiaridad que sólo en nuestro país pudimos  imaginar. Y del viejo tranvía que recorría la emblemática Andrássy, la avenida de la ópera, como un precioso decorado; o del metro rojo, que hacía de submarino bajo el río al cruzar a la otra orilla…  Y todo eso cuando apenas pasábamos de los veinte años y era nuestra primera experiencia de larga duración en el extranjero: ¡cómo olvidar tanta magia!.

Y a qué volver ahora. Quiero recordarla con la imagen que de ella guardo en el corazón, que es la verdadera esencia que nos queda de todo y de todos. Así la llevo siempre conmigo, como una parte más de mi alma. Porque sé que allí estuve en otras ocasiones, quién sabe si en sueños o en vidas anteriores, si las hubiera… Y que allí debía retornar y vivir experiencias que sólo ella me tenía reservadas. “¿A qué volver, pues?”, he pensado tantas veces. Pero tal vez algún día decida reencontrarte. Quizá en el aire queden rastros de nuestras almas. Puede que incluso vea con más nitidez lo que entonces no pude o no supe ver. Porque la vida siempre da la oportunidad del reencuentro, y el que se hace con uno mismo es el más elevado objetivo del alma.

LZS, 07.14

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